La adolescencia como estado del alma

EL MUNDO . 11/09/2015

Zoe Berriatua sorprende en ‘Los héroes del mal’ con una enfebrecida disección de un tiempo inestable entre la furia y el ruido.

Tendemos a pensar que la adolescencia es una etapa de la vida. Lo hacemos quizá para no sufrir tanto, para autoconvencernos de que todo, incluida la propia vida, es pasajero. Pero, y ya sentimos dar tan malas noticias, no. Zoe Berriatua, actor antes que director debutante, cree firmemente que esa edad incierta entre la inconsciencia y la madurez es consustancial con el hecho mismo de estar vivo. Exactamente igual que antes que él mantuvo gente tan dispar como Hesse, Twain o Salinger. La adolescencia es, para entendernos, un estado del alma.

Los héroes del mal‘ es el título de su primer largometraje y, sin duda, una muy agradable (aunque duela) sorpresa. Empezaremos por decir, para no generar equívocos, que no es una película perfecta. Quizá ni lo pretenda. Pero su irregularidad, su imperfección, su torpe por momentos pomposidad, hace de ella una producción tan única como magnética; tan irresistible como árida. Rara por vital.

La película en un principio no parece ser muy diferente de la crónica de tres jóvenes necesariamente perdidos. Así, entre las paredes de un instituto, vemos a nuestros héroes intentar encontrar su sitio entre el grupo que les rechaza. Poco a poco, sin embargo, el director se las arregla para llevar la historia a otro lado: a un lugar entre mítico y extraño que nada tiene que ver ni con el cuento moral ni, menos aún, con el relato social.

De la mano de un banda sonora entre el clasicismo, la atonalidad y lo turbio (por ahí desfilan desde Gorécki a Sibelius pasando por Telemann), el director acierta a construir el paisaje desolado de un tiempo sin nombre. Quiere Berriatua que el espectador pierda las referencias, que se enfrente a la contundencia febril de la violencia, a la inocencia pura del más cruel de los pecados, al dolor. No hay reglas, no hay moral. Todo está por construir.

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